| By Josep Ramoneda,
on 29-08-2008 16:58
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O texto de opinião que se publica a seguir da autoria de Josep Ramoneda, Director do CCCB em Barcelona é referente à exposição “Autopsia del Nuevo Milénio”, patente nesta instituição até 2 de Novembro, e que reúne instalações e projecções de filmes que têm como ponto de partida a obra do escritor inglês James Graham Ballard.
Durante mucho tiempo vivió exiliado en las hileras de los libros de ciencia ficción. Más tarde, Spielberg lo sacó a la luz al llevar al cine su novela El imperio del sol, pero estas irrupciones por vía indirecta acostumbran a ser bastante equívocas. James Graham Ballard pertenece a una familia clásica de las letras: los talentos que el Imperio Británico extendió por el mundo y que encontraron en su experiencia colonial la energía necesaria para afrontar la aventura creativa. Este es el origen, pero a partir de aquí, Ballard se convierte en un escritor raro, que transforma aquella experiencia de manera muy diferente a cómo lo hicieron otros escritores con las mismas raíces. De hecho, sólo El imperio del sol se corresponde, mucho o poco, con el canon. No es de extrañar, pues, que haya sido su obra más susceptible de darle reconocimiento. Pero Ballard no es El imperio del sol, por mucho que esta sea su obra más explícitamente autobiográfica. Ballard es, por encima de todo, una manera de ver el mundo que es capaz de penetrar, con una agudeza premonitoria, en la cara sórdida del cambio, en el lado siniestro de la historia, a partir de una lectura implacable de la lógica de los acontecimientos. Sus escenarios son a menudo los lugares más aparentemente banales de la vida cotidiana, pero su mirada es como un bisturí que descarna todo aquello que la piel esconde. En carne viva: este podría ser el sentido de la escritura ballardiana. Y sus despliegues metafóricos y a menudo surrealistas son solamente maneras de intentar decir aquello que aún no se está en condiciones de entender, porque nos hallamos en el momento en que se está formando, se está construyendo. Se ha dicho de Ballard que es un escritor de utopías negativas. Es falso. Las utopías son precisamente construcciones mentales que no tienen dónde ubicarse. El mundo de Ballard es la realidad: la de hoy y la de mañana, que son inseparables, y más en unos tiempos de goma que podemos llamar presente continuo. No hay nada en Ballard que no esté anclado en la realidad de hoy; en este sentido su literatura es la literatura del presente, o, si se prefiere, escritura de la actualidad. Describe las condiciones mentales y sensoriales de nuestro presente –en que la ficción es el medio natural y la literatura debe esforzarse por crear realidad– sobre las cuales emerge una condición humana que se mueve entre la experiencia de los límites y la banalidad de la masa. ¿A qué se debe esta particular mirada ballardiana? Seguramente Jordi Costa tiene razón en su explicación de corte psicoanalítico: es la mirada de un niño que se perdió antes de tiempo. Ballard es un escritor primordialmente urbano. De esta urbanidad contemporánea en que a menudo «urbs» absorbe a «civitas» hasta llevarnos a la apariencia de caos de Crash o de Rascacielos. Pero sobre todo es una mirada marcada por un estado de ánimo: la lucidez del que se niega a cultivar los consuelos que la humanidad se autoconstruye, del que se niega a desviar la atención de las montañas de cuerpos, chatarra y frustraciones que los humanos generan, del que siempre sabe, finalmente, encontrar la perspectiva que ilumina inesperadamente la percepción de la situación. Ballard no es un pesimista. Es un hiperrealista consciente. Y su presunta rareza viene de las dificultades de sentir empatía con su mirada. Hay lectores que adoptan en seguida las gafas ballardianas y otros que sólo ven borroso. Y no podemos hacer prácticamente nada. La mirada de Ballard es como la gracia cristiana: se tiene o no se tiene. En todo caso, si el CCCB lleva a escena a Ballard es para aportar otra perspectiva, sobre un mundo en que las fuerzas reales –las que tejen normatividad y experiencia– no siempre saltan a la vista. La preparación de la exposición me ha permitido tener un intercambio de cartas con el autor. De su disponibilidad inicial fue pasando a manifestar sus reservas –siempre expresadas con una elegancia británica– como si a medida que el proyecto se iba concretando, sintiera unas ganas crecientes de ganar distancia. Probablemente prefería que la historia la explicaran otros para no quedar atrapado en ella, para poder mirar, también este relato sobre su obra, con mirada ballardiana, sin haberlo contaminado previamente. O para ponernos a prueba sobre la capacidad de ponernos las gafas ballardianas y no verlo todo oscuro. Desgraciadamente, su enfermedad ha ido creciendo durante estos últimos meses y las últimas noticias que he tenido de él es que no podrá venir a ver la exposición. Probablemente no podremos saber cómo ve Ballard este ejercicio de Ballardoscopia. Prólogo de Josep Ramoneda, Director del CCCB |
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